sábado, 5 de noviembre de 2011

El Muerto Vivo del Faldar

Por: Edwin Rodriguez

PUBLICADO: PanaTocumen

panatocumen@hotmail.com     /     Twitter: @PanaTocumen



  Cuenta la historia, que en el Faldar  de Macaracas, pueblo llamado así,  por estar contiguo a las  faldas del  cerro Picacho,  vivía hace unos  años un hombre muy haragán.  La agricultura y lechería, estaban  entre los principales quehaceres de este pueblito.  Pero, al antedicho ni    le gustaba trabajar  ordeñando las vacas;  ni mucho menos, la agricultura; Decía que esos oficios no eran para él.
     Su mujer de día lavaba, y de noche tejía    sombreros      para ganarse sus realitos; No tenían hijos.
 Aquel hombre era bien parecido  y usaba siempre camisa a cuadros  manga larga, desabrochada    en  el pecho, remangada a medio brazo, sombrero pintado  a la pedrada y  cutarras  de cuero  con las correas amarillas.
  El, desde muy  temprano se alistaba,   bañaba y ensillaba su caballo, para marcharse   a Macaracas, recorría las cantinas de ese   pueblo,  gorreando tragos y   profiriendo las argucias   en las esquinas y los parques , al son del baile   típico  ,salomando    e   improvisando  versos de cortejos a las buena mozas que osaban en pasar  frente      al  figón .
   También, se le veía casi siempre  al medio día, en la banqueta    de  cualquier  portal  ajeno, imitando con la boca,  un efusivo silbido  de acordeón, acompañándole con un improvisado tambor.
Así pues, en su corcel rojizo, al trote recorría el poblado de Macaracas todos los días, entre profanadas,  chacoterías  y  dándose la buena   vida; Hasta que no se le terminaban todos los cuentos   de  los simulados  negocios  y riqueza que decía ostentar, no regresaba al rancho.  .
Esta clase de vida, por supuesto, no era del agrado de su servicial  mujer; sentimiento que, sin embargo, no preocupaba en lo más mínimo al haragán de   chevo, como le llamaban.   ¡La vida no es para estar con enojos, mí linda tortolita! Le decía jocosamente a su mujer.
¡Eres peor que un  capacho!- le reprochaba aquella, aludiendo al pájaro holgazán de ese nombre, que no hace nido, que vive andando en la noche y durmiendo durante el día en cualquier parte.
El viejo Chebo, que a todo  le tenía una respuesta, le decía una chanza   o un verso. Y  retornaba  a sus andanzas al pueblo.
Un día,  decidió quedarse en casa, solo para comprobar si era verdad que  le quería  o no le quería  su mujer. Esperó Cuando ella se fuera al río a lavarla ropa,  tomó unas  cuatro grandes velas,  que se encontraban junto  al   improvisado altar, que había erigido su esposa, para iluminar  a la virgencita moñona; además, quitó el  crucifijo que le había regalado su padrino, tendió al medio de la   sala   una colcha en  cuya cabecera ubicó la imagen y dos velas a cada lado, encendió éstas, las colocó en los pies   de la  manta de igual manera y calculando que su mujer ya iba a llegar, se acostó en medio  del rancho, haciéndose el muerto. En verdad, entre las luces llameantes y el Cristo, parecía un cadáver el ocioso.
Doña Librada, que así se llamaba su mujer,   por haber nacido   alrededores del 20 de julio, día de la patrona de las Tablas,  al abrir la puerta de la casa  dio un  tremendo  tropezón  con el luctuoso cuadro; emitió  un grito al cielo, ¡hay Santa Librada! ¡Virgencita  mía! Arrojó su balde  de “tirrachos”, se abalanzó sobre su marido, y cogiéndole de la barbilla le dijo llorando: "Eusebio, chebito  de mi vida ¡Hay, hay  chebito! ¡Por qué te has muerto! ¡Ahora qué será de mí!
¡No te enlutes, mujercita!,  ¡Estoy vivo!" le habló el burlón, levantándose y corriendo, a saltos como un potrillo relinchón, por el  callejón. Librada indignada le dijo: ¡Eres un bufón!...


Otros temas de interés:

No hay comentarios:

Publicar un comentario